El médico ya estaba preparado para realizar la autopsia del cuerpo de una joven monja que había fallecido después de una larga y grave enfermedad; pero bastó con que mirara la cruz que llevaba en el cuello para que saliera corriendo horrorizado de la morgue… 😨
A primera hora de la mañana, un automóvil llegó a la morgue de la ciudad con el cuerpo de una joven monja. Junto a ella llegaron varias hermanas del convento. Tenían los ojos llenos de lágrimas y apenas podían contener el llanto. Según ellas, la joven había estado gravemente enferma durante muchos meses. Cada día se debilitaba más, casi había dejado de levantarse de la cama, perdía fuerzas rápidamente y se quejaba constantemente de un fuerte cansancio.
Ninguno de los médicos había logrado descubrir qué era exactamente lo que le ocurría. Se había sometido a numerosos estudios, análisis y tratamientos en diferentes hospitales, pero cada vez los médicos solo podían negar con la cabeza. Algunos sospechaban de una rara enfermedad de la sangre, otros hablaban de un grave daño en los órganos internos, y algunos incluso admitían que nunca antes habían visto síntomas similares.
A pesar del tratamiento, el estado de la joven continuó empeorando. Durante las últimas semanas de su vida casi no salía de su habitación, hablaba poco y pasaba la mayor parte del tiempo rezando. Las demás monjas cuidaron de ella hasta el final, esperando que algún día mejorara, pero una mañana temprano su corazón dejó de latir.
Después de completar todos los documentos necesarios, el cuerpo fue trasladado a la morgue para realizar la autopsia obligatoria. El experimentado médico forense quería descubrir la verdadera causa de la muerte, ya que la historia clínica parecía demasiado extraña.
El médico preparó tranquilamente sus instrumentos, se puso los guantes y se acercó a la mesa. Con cuidado desabrochó la parte superior de la ropa de la monja, retiró el amplio cinturón que sujetaba su hábito y entonces vio una pequeña cruz de metal colgada de una cadena. Casi todas las monjas llevan cruces similares.
Tomó la cruz con cuidado para retirarla antes de comenzar la autopsia.
Pero unos segundos después, su rostro palideció de terror y el médico salió corriendo de la morgue presa del pánico. 😱😲
La segunda parte de esta historia la puedes encontrar en el primer comentario 👇
En la superficie del metal observó unas extrañas manchas amarillentas y verdosas, y entonces recordó una fotografía de un antiguo libro de medicina forense que había visto durante sus años de universidad. Ese tipo de capa a veces aparecía en algunos objetos antiguos fabricados con materiales que contenían altos niveles de elementos radiactivos.
Al principio, el médico pensó que se estaba equivocando. Rápidamente sacó un dosímetro especial que se utilizaba en el hospital para comprobar objetos sospechosos. El aparato estaba cerca porque a veces lo usaban después de accidentes industriales.
Cuando acercó el dosímetro a la cruz, el dispositivo emitió un fuerte sonido continuo.
La aguja subió inmediatamente hasta un nivel peligroso.
En ese momento, el médico sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Dejó la cruz de inmediato, salió prácticamente corriendo de la morgue y ordenó que nadie entrara en la sala. Unos minutos después, especialistas en seguridad radiológica llegaron al hospital.
Después de la inspección quedó claro que la cruz realmente estaba fabricada con un metal radiactivo peligroso. Debido al contacto diario durante mucho tiempo, el organismo de la joven monja había recibido grandes dosis de radiación lentamente. Esa era precisamente la razón por la que su estado empeoraba mes tras mes y los médicos no podían descubrir la causa de aquella misteriosa enfermedad.
Pero el verdadero horror aún estaba por llegar.
Durante la conversación con la superiora del convento, el médico preguntó si solo la fallecida llevaba una cruz de ese tipo.
La respuesta dejó a todos en silencio.
La superiora explicó tranquilamente que exactamente las mismas cruces habían sido entregadas a todas las hermanas del convento muchos años atrás. Fueron fabricadas especialmente para la iglesia y entregadas a cada monja el día de sus votos. Nadie podía imaginar que un metal de apariencia común pudiera ser mortalmente peligroso.
Sin perder ni un minuto, el médico insistió en que revisaran urgentemente todas las cruces. Los especialistas examinaron el convento y confirmaron los peores temores. Cada una de esas cruces emitía un nivel peligroso de radiación. Ese mismo día, todos los objetos fueron retirados de inmediato y las monjas fueron enviadas a realizar exámenes médicos completos. En muchas de ellas ya encontraron los primeros signos de daño por radiación, aunque las propias mujeres estaban convencidas de que simplemente estaban cansadas o que sus problemas se debían a la edad.
Por suerte, gracias a que el peligro fue descubierto a tiempo, la mayoría logró comenzar el tratamiento antes de que los cambios fueran irreversibles. Durante varios meses, los médicos vigilaron su estado, realizaron terapias y ayudaron poco a poco al organismo a recuperarse.
