Los delincuentes en el bosque atacaron a una chica en uniforme, pensando que era indefensa y que no podría resistirse, pero en ese mismo momento, alguien salió desde lo profundo del bosque, y en apenas un minuto, los chicos estaban de rodillas suplicando piedad 😱😨.
— Sabes que aquí nadie escuchará tus gritos —dijo uno de los delincuentes mientras rodeaban a la chica en uniforme en un estrecho camino del bosque.
Llevaban ya tres meses en la misión y, por aburrimiento, empezaron a buscar a quién molestar. Y allí estaba: una joven, sola, en uniforme, sin apoyo. Les pareció que era indefensa.
— Supongo que eres nuestra nueva enfermera —se burló el segundo. — ¿Me vas a curar? Me duele aquí —dijo señalándose el pecho y riéndose en voz alta.
Se miraban entre ellos, hacían bromas sucias, intentaban provocarla con palabras. Uno de los más atrevidos de repente extendió la mano y pasó la palma por su cabello.
— Qué suave, hacía tiempo que no tocaba algo así.
La chica permanecía tranquila. Por dentro sentía miedo, pero no se permitía mostrarlo. Sabía que si cedía, ellos solo se volverían más agresivos.
— Aléjense de mí, o se arrepentirán —dijo con voz firme.
— Mira, ¡y ella habla! —se burló el chico con la cabeza rapada. — Y nosotros pensábamos que eras muda.
Se rieron de nuevo. Uno dio un paso adelante, dispuesto a continuar con sus burlas.
Pero en ese momento, alguien salió del bosque, y los soldados terminaron de rodillas, suplicando piedad 😨😱. El desenlace de esta historia se puede encontrar en el primer comentario 👇👇.
Y en ese instante, se escuchó un rugido sordo desde lo profundo del bosque.
Entre los árboles aparecieron tres grandes perros de servicio. Se movían rápido y en silencio. Al segundo siguiente, todo cambió.
Los perros se lanzaron hacia adelante. Los chicos ni siquiera tuvieron tiempo de entender lo que pasaba. Uno tras otro, cayeron al suelo, cubriéndose con las manos y gritando de miedo. Los animales obedecían con precisión y los mantenían controlados, sin permitir que se levantaran.
Ahora nadie se reía.
— ¡Quítenlos, muerden! —gritó uno, intentando retroceder.
La chica observaba en silencio. En su mirada ya no había miedo.
— Por favor, deténlos. Lo sentimos mucho. No sabíamos —dijeron apresuradamente los demás.
Solo después de eso, la chica dio una orden corta, y los perros retrocedieron, pero continuaron manteniendo a los chicos bajo la atenta mirada.
Uno de ellos, respirando con dificultad, finalmente preguntó:
— ¿Quién eres?
La chica se ajustó el cuello del uniforme y respondió con calma:
— Mayor de fuerzas especiales. Y estos son mis perros de servicio. Yo también estoy en misión. Solo que me temo que para ustedes, el servicio ya ha terminado.
El bosque volvió a quedarse en silencio. Solo que esta vez, nadie se atrevió siquiera a sonreír.

